EL ADN DETERMINA NUESTRA PREDISPOSICIÓN PARA BEBER CAFÉ O TÉ

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Nuestra predisposición genética para percibir el sabor amargo es la que determina nuestra preferencia por el café o por el té e incluso, también, nuestro rechazo al alcohol. Así lo determina un estudio realizado por el Instituto de Investigación Médica QIMR Berghofer, de Brisbane (Australia) en colaboración de la Escuela Médica Feinberg de la Universidad del Noroeste de Chicago (Estados Unidos).

Los investigadores de estos dos centros han estudiado como influye nuestra percepción genética al sabor amargo en la elección de bebidas con cafeína y otras sustancias similares y según los resultados obtenidos, los genes no simplemente son los responsables de que seamos, por ejemplo, rubios o morenos, altos o bajos o de complexión pequeña, mediana o grande, sino que condicionan, también, nuestro gusto por determinados consumos.

El actual estudio complementa los resultados de otra investigación anterior en el que se confirmó la importancia de la genética en la cantidad de café que consumimos y que determino que no solo tenemos factores genéticos incorporados que nos ayudan a autorregular la ingesta de cafeína sino que las personas que bebían más cantidad de café tienen hasta seis variantes genéticas en común, dos de ellas son las responsables del metabolismo de la cafeína eficiente, dos influyen en los efectos gratificantes de la cafeína, y las otras dos afectan a diversos aspectos del metabolismo energético.

Visto todo, parece claro que nuestro gusto por el café, lo llevamos en la sangre.

 

El estudio: cafeína, quinina y propiltiouracilo

Para realizar el estudio, los investigadores han trabajado con cafeína, quinina y propiltiouracilo-PROP(un producto artificial con un sabor amargo similar al de verduras verdes como las coles de Bruselas) y dos bases de datos. La primera, resultado de un gran estudio de gemelos realizado en Australia que mostró, al menos en el caso de los de ascendencia europea, que algunas variantes genéticas particulares estaban directamente relacionadas con su capacidad para percibir los diferentes gustos. Y la segunda gran base de información, la recogida en uno de los bancos de datos más grandes del mundo, la del proyecto UK Bioband, con información sobre la salud y el genoma de 805. 426 personas del Reino Unido. De todos los sujetos participantes, 438.870 con edades entre 37 y 73 años, fueron escogidos para la investigación sobre la influencia de la percepción del amargo en la preferencia de café o té. Todos ellos fueron preguntados por cuestiones relativas a sus hábitos de consumo de café, te y alcohol.

Puede parecer obvio que nuestra preferencia por el té o el café es una cuestión de gustos, pero hasta ahora, las investigaciones no habían podido determinar al 100 % si nuestras papilas gustativas tienen algo que ver con ello y simplemente habían sugerido factores como el sexo, la edad y la forma en que metabolizamos la cafeína como factores asociados a esta elección.

Este nuevo estudio, sin embargo, muestra que nuestra capacidad heredada de detectar el sabor amargo desempeña un papel importante en nuestra decisión.

El té y el café tienen componentes amargos que contribuyen a su sabor. Ambos productos, por ejemplo, contienen cafeína en diferente proporción (la teína, químicamente hablando, es la misma molécula que la cafeína, pero localizada en diferente planta). En el caso del café, por ejemplo, este componente representa, únicamente, el 15 % de su sabor amargo, mientras que el 85 % restante se debe a otros muchos totalmente diferentes, como la quinina, que también se encuentra en la tónica.

“Realizar pruebas relacionadas con el gusto es un proceso que requiere muchos recursos, y por ello, probablemente no se había ahondado mucho en el tema. Afortunadamente, hoy en día, este problema lo podemos superar gracias a los recientes avances en genéticas del gusto y la aplicación de metodología estadística en nuestros trabajos”, explican los autores de la investigación.

 

Amargo, del rechazo a la afición

Una de las cuestiones más sorprendentes que se derivan de los resultados, han dicho estos doctores, es que si bien el sabor amargo sirve, a menudo, como mecanismo de advertencia para convencer a las personas a escupir sustancias, los sujetos estudiados genéticamente predispuestos a tener el receptor del sabor amargo más desarrollado, además de experimentar una mayor sensibilidad para detectar este sabor, aprenden a asociar cosas buenas con él. “Dado que los seres humanos generalmente evitan los sabores amargos, interpretamos estos hallazgos como un posible comportamiento: si podemos percibir la cafeína y lo asociamos con sus propiedades psicoestimulantes buscaremos más café", apunta, Marilyn Cornelis, una de las coautoras del estudio.

Durante su trabajo, los investigadores han analizado la composición genética y el consumo diario de bebidas amargas por parte de los sujetos incluidos en el UK Bioband. "Al utilizar los genes relacionados con nuestra capacidad para detectar el sabor amargo, pudimos evaluar si esta nos lleva a decantarnos más por el té o por el café. El cruce de informaciones nos hace concluir que, de forma clara, una mayor sensibilidad al sabor amargo de la cafeína está asociado a un mayor consumo de café, todo lo contrario de lo que se podría esperar teniendo en cuenta el efecto rechazo que siempre se ha presupuesto al sabor amargo. Esto puede deberse a que las personas con una mayor capacidad para identificar este tipo de amargo, se vuelven más aficionadas a la cafeína por sus efectos estimulantes, aunque se necesitan más estudios para investigarlo”.

Además, la investigación determina que estas personas que tienen mayor número de genes asociados a la percepción del amargo de la cafeína, son un 20 % más propenso a convertirse en grandes bebedores de esta bebida, es decir, a consumir más de cuatro tazas de café al día. Por el contrario, estos "súper catadores" de cafeína mostraban menos probabilidades de tomar té, explica el Daniel Hwang, investigador de la Universidad de Queensland.

La doctora Cornelis añade a las conclusiones de sus colegas que “no debemos pasar por alto, tampoco, que nuestra capacidad para absorber la cafeína y eliminarla del cuerpo también resulta determinante en lo que a consumos se refiere. Los bebedores genéticamente predispuestos a metabolizar esta sustancia de forma más o menos rápida, tienden a tomar más café”.

En otras palabras, si somos del grupo de metabolizadores rápidos — o si somos fumadores, lo que acelera el metabolismo—, la cafeína no se quedará el tiempo suficiente como para afectar profundamente a los centros de estímulo del cerebro, de forma que muy probablemente nos serviremos otra taza. Pero si producimos menos cantidad de esta enzima liquidadora de cafeína, más cantidad circulará por tu torrente sanguíneo durante más tiempo, lo que hará que retrasemos o incluso descartemos una siguiente taza.


El gen PDSS2, controlaría nuestro consumo

Así lo constatan los resultados de un estudio anterior de las Universidades de Edimburgo en Escocia, Trieste en Italia y del centro PolyOmica, de Holanda, en el que los investigadores concluyeron que la cantidad de café que consumimos podría venir marcada por un gen identificado con el nombre de PDSS2 y que influiría directamente en la forma en que metabolizamos la cafeína cada uno de nosotros.

Los individuos en los que la expresión de este gen es más activa son, también, quienes tienden a beber menos tazas de café; mientras que aquellos en los que el gen es más débil, son proclives a consumir más tazas.

Los consumidores de café con el gen PDSS2 más débil, son más proclives a consumir más tazas

Los científicos atribuyen estos comportamientos a que el PDSS2 es un gran inhibidor del funcionamiento de otros genes asociados al proceso de metabolización de la cafeína, y actúa como coraza para proteger a la cafeína de sus destructores, permitiéndole, así, permanecer más tiempo, ella y sus efectos, nuestro cuerpo, algo que favorecería un menor consumo de café.

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores analizaron la información genética de 370 habitantes de un pueblo del sur de Italia y de 843 personas de otros seis pueblos del noreste de este país y replicaron el estudio en un grupo de 1.731 holandeses. 

Los resultados fueron similares, aunque se determine que el efecto del gen en Holanda era menor. Según los científicos, esto puede deberse a los distintos estilos de consumo de café de ambos países. "Mientras en Italia el moka o el expreso son las variantes favoritas del café, en Países Bajos, prefieren el café filtrado", explica el líder del estudio Nicola Pirastu. "Aunque las concentraciones de cafeína en los distintos métodos de preparación son similares, dada la diferencia de tamaños de taza, el consumo holandés por taza es casi tres veces mayor que el de los italianos".

 

El café, demasiado amargo para los bebedores de té

Retomando el estudio sobre nuestra predisposición genética para percibir el sabor amargo y elegir en consecuencia el café o el té, concluye, también, que los participantes con variantes genéticas que los hacían más sensibles a los gustos amargos de la quinina y el propiltiouracilo, resultaron ser un 4 % y un 9 %, respectivamente, más propensos a ser grandes bebedores de té, lo que significa que bebían más de 5 tazas por día. También eran menos propensos a tomar café. “No está claro el motivo por el cual sucede esto, pero puede deberse a que las personas genéticamente predispuestas a la quinina y propiltiouracilo, son más sensibles a los gustos amargos en general y como resultado, pueden encontrar el sabor amargo del café abrumador y es por ello por lo que optan por amargos más suave como el del té”, apunta Hwang.

Los bebedores de café son, por su lado, menos sensibles que los bebedores de té al sabor amargo y tienen más posibilidades de apreciar este gusto en otros alimentos, como las verduras verdes.

Los bebedores de café son menos sensibles al sabor amargo que los consumidores de té

Además, el equipo de investigadores, también ha relacionado la mayor percepción del sabor amargo del propiltiouracilo, con un menor consumo de alcohol, en especial de vino tinto. "Esto probablemente se deba a que componentes de este tipo de vino comparten compuestos similares a los del propiltiouracilo. Ningún otro gen tuvo una relación clara con el consumo de alcohol”, concluyen en su estudio, los doctores del Instituto de Investigación Médica QIMR Berghofer, y de la Escuela Médica Feinberg de la Universidad del Noroeste.

 

Una cuestión de genes y no de sexos

La investigación también ha determinado que esta predisposición genética en la elección de café o té nada tiene que ver con el sexo del consumidor, no habiendo encontrado en el estudio evidencias que avalaran lo contrario excepto por la asociación entre la percepción de cafeína y la ingesta de té que parecía ser mucho más fuerte en las mujeres que en los hombres. 

Se sabe que los genes influyen en muchos aspectos de nuestra personalidad, pero estas investigaciones demuestran, además, que su papel es muy importante en nuestros gustos. Que bebamos más o menos cafés, parece, pues, que no es solo una cuestión de costumbres adquiridas, sino de la actividad de nuestros genes.


Fuentes: Estudio “Comprendiendo el papel de la percepción del sabor amargo en el consumo de café, té y alcohol a través de la aleatorización Mendeliana”. Jue-Sheng Ong, Daniel Liang-Dar Hwang, Marilyn C. Cornelis y otros; Estudio: “Exploración de la asociación no aditiva en el genoma -nuevo gen asociado con el consumo habitual de café”. Nicola Pirastu, Maarten Kooyman y otros.

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